La Ciencia confirma la veracidad del Nuevo Testamento

"Se puede decir legíti­mamente que la arqueología ha confirmado los datos del Nuevo Testamento"

El Nuevo Testamento es la principal fuente histórica que provee de información acerca de Jesús. Debido a esto, durante los siglos XIX y XX muchos críticos han atacado el testimonio fehaciente de los documentos bíblicos. Según parece hay constantes acusaciones que no tienen fundamento histórico o que han sido descartadas por la investigación y por los hallazgos arqueológicos.

En el siglo XX, los hallazgos arqueo­lógicos han confirmado la veracidad de los manuscritos del Nuevo Testamento. El descubri­miento de los antiguos manuscritos (el manus­crito John Ryland, 130 A. D.; el papiro Chester Beatty, 155 A. D.; y el papiro Bodmer II, del año 200) sirvió para unir el lapso entre el tiempo de Cristo y los manuscritos existentes de la fecha posterior. [A. D.: Anno Dómini, en el año del Señor]

El his­toriador militar C. Sanders enumera y explica los tres principios básicos de la historiología para confirmar la veracidad de los escritos. Estos son: la prueba bibliográfica, la prueba de las evidencias internas y la prueba de las evidencias externas.

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LA PRUEBA BIBLIOGRÁFICA:

La prueba bibliográfica es un examen de la trans­misión textual mediante la cual los documentos llegaron hasta nosotros.
Podemos apreciar la riqueza de au­toridad del manuscrito del Nuevo Testamento al compararlo con material textual procedente de otras fuentes antiguas notables.
La aplicación de la prueba bibliográfica al Nuevo Testamento confirma que, en lo que a ma­nuscritos se refiere, tiene más autoridad que cual­quier obra de la literatura clásica. Si agregamos a esa autoridad el hecho de que durante más de 100 años se le ha hecho una intensa crítica textual al Nuevo Testamento, uno puede concluir que se ha establecido un auténtico texto del Nuevo Tes­tamento.

LAS EVIDENCIAS INTERNAS:

La crítica interna es la segunda prueba que C. Sanders plantea sobre historicidad.
Louis R. Gottschalk, ex profesor de Historia de la Universidad de Chicago, esquematiza su método histórico en una guía que muchos usan en su investigación histórica y señala que la “ca­pacidad para decir la verdad”, del escritor o del testigo, le es útil al historiador para determinar la credibilidad.

Esta “capacidad para decir la verdad” está íntimamente relacionada con la proximidad del testigo tanto geográfica como cronológicamente, a los acontecimientos que escribe. Los escritos del Nuevo Testamento sobre la vida y la enseñan­za de Jesús fueron redactados por hombres que habían sido testigos oculares de los eventos rea­les y de las enseñanzas de Cristo, o por personas que relataron lo que les dijeron directamente los testigos oculares.

Lucas 1:1-3: “Puesto que muchos han tratado de poner en orden la historia de las cosas que en­tre nosotros han sido ciertísimas, tal como nos las enseñaron los que desde el principio lo vieron con sus ojos, y fueron ministros de la palabra, me ha parecido también a mí, después de haber investiga­do con diligencia todas las cosas desde su origen, escribírtelas por orden, oh excelentísimo Teófilo”.

San Juan 19:35: “Y el que lo vio da testimo­nio, y su testimonio es verdadero; y él sabe que dice la verdad, para que vosotros también creáis”.

San Lucas 3:1: “En el año decimoquinto del imperio de Tiberio César, siendo gobernador de Judea Poncio Pilato, y Herodes tetrarca de Gali­lea, y su hermano Felipe tetrarca de Iturea y de la provincia de Traconite, y Lisanias tetrarca de Abilinia…”.

Uno de los puntos fuertes que surgen de la predicación ini­cial de los apóstoles es la confianza con que ape­lan a los conocimientos que tenían aquellos que los escuchaban. No solo dijeron: ‘Nosotros so­mos testigos de estas cosas’, sino que agregaron, ‘como vosotros mismo sabéis’ (Hechos 2:22).

LAS EVIDENCIAS EXTERNAS:

La tercera prueba de la historia son las evi­dencias externas.
La arqueología ofrece frecuentemente un po­deroso testimonio externo. Contribuye a la crítica bíblica, no en sentido de inspiración y de la reve­lación, sino por el hecho de las evidencias que provee sobre la exactitud de los acontecimientos que se narran.
El arqueólogo Joseph Free escribe: “La arqueología ha confirmado innumerables pa­sajes que habían sido rechazados por los críticos por considerarlos antihistóricos o contradictorios de los hechos conocidos”.

A. N. Sherwin-White, un historiador clási­co, escribe que “para el libro de los Hechos, la confirmación de su historicidad es abrumadora”. “Cualquier intento de rechazar su historicidad básica, aun en materia de detalles, ahora puede parecer absurdo. Los historiadores romanos hace mucho tiempo que lo consideran verídico”.

Después de intentar personalmente aniqui­lar la historicidad y la validez de las Sagradas Escrituras, he llegado a la conclusión de que son históricamente fidedignas. Si alguna perso­na descarta la Biblia por no considerarla veraz en este sentido, tendrá que descartar la mayor parte de la literatura de la antigüedad. Uno de los problemas que constantemente enfrento es la intención de muchos de aplicar un patrón de prueba a la literatura secular y otro a la Biblia. Tenemos que aplicar la misma prueba, si la li­teratura que se investiga es secular o religiosa. Habiendo hecho esto, creo que podemos decir: “La Biblia es fidedigna y su testimonio acerca de Jesús es cierto”

Fuente Impacto Evangelistico

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